Me voy, pero no me callo
El manifiesto de un hombre que quiso salvar su ciudad
“”
Fidel Ernesto Verón
Prólogo – La chispa que no se apaga
Escribo esto porque no pude quedarme callado.
Porque me dolía la cabeza de tanto pensar, y el corazón de tanto ver.
Porque un día me cansé de ver a mi pueblo hundirse en la mediocridad de los que deberían guiarlo.
Y porque si me voy, no será para escapar —será para salvarme del ruido, para pensar, para seguir soñando con lo que todavía podría ser.
Recuerdo cuando escribí las primeras líneas de este manifiesto, allá por febrero o marzo de 2018.
El texto empezaba simple, casi como una confesión:
“Me voy a vivir al Uruguay.
¿A qué me voy?
A buscar un lugar donde mi cabeza vibre a un ritmo que se le asemeje y no la haga doler.
Duele querer ver las cosas mejor.
Duele ver la mentira disfrazada en la que vive la mayoría de este pueblo.”
No sabía entonces que esa frase iba a ser más que un comienzo. Era un diagnóstico.
Era el cuerpo entero hablando por mí.
Era el grito del tipo que se rompe el alma queriendo ver su ciudad brillar, y ve cómo la van apagando, lenta, como si el brillo molestara.
Yo amaba y amo este lugar.
Pero amar también duele cuando el amor no vuelve.
Por eso escribí esto: no como campaña, no como venganza, sino como testamento de conciencia.
Quería dejar claro que no me fui por indiferente, sino por exceso de amor.
Y antes de irme, quería decirlo todo.
Sin miedo, sin filtro, sin maquillaje.
Porque callarse también enferma, y esta ciudad ya tiene demasiados silencios enfermos.
Declaración inicial – El cansancio de ver tanto gris
Antes de partir, me senté una noche fría y gris, de esas en que el cielo parece cemento y el alma también.
Tomé una hoja, respiré hondo, y empecé a escribir una lista:
cosas que veía mal, cosas que podrían hacerse mejor, cosas que nadie se animaba a decir en voz alta.
No fue un capricho.
Fue un intento desesperado de rescatar algo de belleza antes de irme.
Dejarle a mi pueblo, si no un cambio, al menos una hoja de ruta.
Una lista de sueños posibles.
Escribí:
“Déjenme soñar y los invito a imaginarlo.”
Y así nació este manifiesto.
Una mezcla de bronca, amor, esperanza y lucidez.
Una carta abierta a los que dirigen sin mirar, a los que prometen sin sentir, a los que gobiernan sin conocer el barro del que están hechos sus vecinos.
Yo no nací para quedarme mirando cómo las cosas se pudren.
No tengo vocación de mártir ni de político, pero sí de ser humano.
Y cuando uno ve tanta mediocridad, tanto egoísmo, tanta costra de mentira, algo adentro se rompe.
Entonces uno escribe.
Y cuando escribe, ya no hay vuelta atrás.
Conciencia tranquila
Muchos años antes de todo esto, ya había presentado ideas, proyectos, soluciones.
El reciclaje, el arte, el trabajo digno, la limpieza de los barrios…
todo lo que hoy sigue sin hacerse.
Lo entregué en mano. Lo expliqué. Lo pedí.
Lo archivan, lo ignoran, lo entierran.
Pero mi conciencia está tranquila.
Yo no fui tan mediocre como para callarme.
Yo lo intenté.
No tengo ganas de ser el ejecutor, pero sí me superan las ganas de ver que las cosas pasen.
Porque esta ciudad —mi ciudad— lo necesita con urgencia.
Por eso este libro.
Porque si ellos no lo hacen, lo diremos nosotros.
Porque si no escuchan, les gritaremos desde las páginas.
Porque cuando un pueblo duerme, siempre hace falta alguien que despierte con un poco de ruido.
El reclamo: la voz que no se rinde
No fue la bronca lo que me hizo escribir.
Fue la tristeza.
La tristeza de ver que los mismos que juraban querer el pueblo, lo iban dejando morir.
Tristeza de verlos caminar entre los charcos como si el barro no los salpicara.
Tristeza de ver que el amor, cuando se disfraza de poder, se vuelve ciego.
Yo me cansé de mirar.
De ver cómo todo se vuelve discurso, cómo los que se llenan la boca de pueblo se olvidan del pueblo apenas cruzan la puerta del despacho.
Me cansé de que los que no sienten, decidan por los que sufren.
Y de que la mediocridad se vista de traje y se llame “gestión”.
No vine a quejarme.
Vine a decirles lo que nadie les dice.
Que la ciudad no necesita promesas: necesita alma.
Y esa alma está cansada de tanto abandono.
- La mentira disfrazada
Duele ver la mentira disfrazada de progreso.
Duele ver cómo los políticos sonríen para la foto mientras hay chicos comiendo de la basura.
Duele ver que ya no hay proyectos, sino solo campañas.
Y duele todavía más ver cómo la gente lo acepta, porque aprendió que no sirve pelear.
No.
Yo no acepto.
No quiero que el “así son las cosas” sea la lápida sobre nuestra conciencia colectiva.
No quiero mirar a mis hijos y decirles que me callé porque no valía la pena.
- El peso del poder
El dirigente dirige.
Y cuando dirige mal, el desastre también es suyo.
Si hay un solo ciudadano disconforme, el Estado tiene que escuchar.
Si hay uno solo que sufre, la gestión ya fracasó.
El poder no es un privilegio, es una carga.
Y quien no entiende eso, no merece ocupar el cargo.
Porque el intendente, el concejal, el funcionario —todos— manejan algo más grande que el dinero:
manejan el destino emocional de la gente.
Y ahí está el problema: gobiernan sin sentir.
No conocen el temblor de un obrero que llega con lo justo,
ni el orgullo de un artesano que hace belleza con sus manos.
No saben lo que es pasar frío, ni el valor de una vereda limpia.
Y entonces, ¿cómo van a guiarnos si no caminan con nosotros?
- Una ciudad dormida
Nuestra ciudad tiene todo: gente, tierra, historia, talento, manos, alma.
Pero está dormida.
La durmieron entre papeles, sellos y cargos inventados para pagar favores.
El 82% del dinero se va en sueldos de una estructura que ya no produce felicidad.
Y lo que sobra, se pierde entre los pozos, el polvo y el silencio.
Nogoyá no está mal porque no tenga recursos.
Está mal porque no tiene rumbo.
Porque quienes podrían cambiar las cosas se acostumbraron al gris.
- La mediocridad como sistema
El problema no es que no haya ideas.
El problema es que los que deciden no saben sentir.
Se olvidaron de cuando eran jóvenes, de cuando querían cambiar el mundo.
Hoy solo buscan durar.
Ser intendentes, diputados, algo.
Nadie pregunta “para qué”.
Nadie responde “por qué”.
Pero si no saben soñar, ¿cómo van a hacernos soñar a nosotros?
Yo no creo que sean todos malos.
Algunos son solo torpes.
Otros, cobardes.
Y los peores, cómodos.
Pero el resultado es el mismo: una ciudad triste, apagada,
donde la gente trabaja, sobrevive, pero ya no vibra.
- El pueblo que no se mira
Los barrios están sucios, las paredes húmedas, los parques abandonados.
Y mientras tanto, el que manda se saca fotos con un mate nuevo y una sonrisa de plástico.
No me jodan.
No necesito que me sonrían: necesito que me entiendan.
Una ciudad que no se mira es una ciudad que se muere.
Y acá nadie está mirando nada.
Los políticos se miran entre ellos.
El pueblo baja la cabeza.
Y el tiempo pasa, y todo sigue igual.
Yo no quiero un monumento.
Quiero ver un chico reírse camino a la escuela sin embarrarse los pies.
Quiero ver un abuelo en una plaza sin miedo a tropezar en el pozo que nadie tapa.
Quiero ver color. Quiero ver respeto.
Eso es política también.
- El límite
Llegó un punto en que no podía más.
No por mí, sino por todo lo que veía que se estaba perdiendo.
La alegría, la dignidad, la identidad.
Entonces tomé una decisión: no seguir mendigando conciencia.
No me fui por ego.
Me fui porque mi alma necesitaba un lugar donde respirar sin olor a abandono.
Pero antes de cruzar el río, me prometí dejar esto:
un testimonio, un espejo, un reclamo, una carta de amor en forma de cachetada.
Porque esta ciudad no está muerta:
solo necesita que alguien le recuerde que alguna vez fue hermosa.
- Lo que todavía creo
Yo todavía creo.
Creo en el tipo que se levanta temprano para limpiar lo que otros ensucian.
Creo en el que pinta su casa porque quiere verla linda, no porque alguien se lo ordena.
Creo en el vecino que presta su escalera, en el panadero que fía, en el abuelo que cuenta.
Creo en la gente.
Y por eso me duele.
Porque no hay ciudad sin amor.
Y no hay amor donde el Estado está ausente.
Pero si los de arriba no aman,
entonces que amen los de abajo.
Y que griten.
Y que no se callen nunca más.
El Manifiesto de las Ideas
A. Cementerio digno
Encima que me duele ir a ver a mis seres queridos, odio verlos en un lugar húmedo y horrible.
¿Tanto cuesta regalarle al dolor un poco de belleza?
Pinten los laterales del cementerio.
Inviten a artistas populares, hagan murales, conviértanlo en un lugar que no entristezca más de lo que ya duele.
Denle color al silencio.
Denme alegría al menos para mitigar el dolor que ya tengo.
B. Barrios con alma
Pinten los barrios.
Y no de gris, por favor.
Cada barrio con su color, su historia, su arte en las paredes.
El color cambia el ánimo.
La belleza contagia respeto.
La fe no se predica: se pinta.
C. Rampas ya
Coincido con mi amigo Fedefisore:
¡hagan las rampas, carajo!
¿Tanto les cuesta?
No es una obra faraónica, es dignidad.
La accesibilidad no debería ser un favor, sino una obligación.
D. La ciudad se limpia desde el ejemplo
Compren una arenadora industrial.
Arenen los frentes con humedad, sin costo o a costo mínimo.
El Estado debe ser ejemplo: mostrar, no sermonear.
De nada sirve enseñar civismo si la ciudad luce abandonada.
La limpieza y el orden son terapéuticos.
Un lugar lindo mejora el humor de la gente.
E. Belleza visible
Pinten el tanque de agua de la OSN.
Es lo primero que ve quien llega, y hoy da vergüenza.
Que la entrada a la ciudad diga bienvenidos, no resígnense.
F. Pozos, estrés y respeto
Tapen los pozos.
Todos.
Cada pozo que se come un auto es un insulto al ciudadano.
El que maneja no debería putear al municipio mientras esquiva un bache: debería sentirse acompañado.
El bienestar empieza por la calle.
Una ciudad sin pozos es una ciudad que se respeta.
G. Grafitis con propósito
Quiero el Primer Encuentro Internacional de Arte Urbano y Grafitis de Nogoyá.
Paredes enormes, color, vida.
Murales en la Sibila, en los barrios, donde ahora hay solo mugre y pared vacía.
Traigan artistas, pibes, turistas.
Que Nogoyá tenga una cara alegre, una excusa para que la gente diga: “Quiero ir a ver eso.”
H. Espacio para los que viven distinto
Hay que generar un espacio para la juventud.
Para los que salen de noche, los que escuchan música fuerte, los que quieren charlar o fumar un porro sin molestar a nadie.
No se trata de prohibir, sino de acompañar.
Denles un lugar, un punto de encuentro.
Pongan luz, seguridad, respeto.
No sean hipócritas: eso ya pasa, solo que sin control y sin cuidado.
I. Pista de picadas
Una pista real, segura, habilitada.
Hay cientos de pibes que viajan por toda la provincia buscando correr legalmente.
Eso genera turismo, movimiento, alegría.
Hagan la pista al costado del camino de las cloacas, forestado, con reglas.
El rugido de un motor también puede ser arte si hay libertad y respeto.
K. Ladrillos y dignidad
Tenemos tierra, agua y manos.
Hagamos ladrillos.
Montemos hornos municipales, en convenio con los ladrilleros actuales.
Formemos empresarios del ladrillo, no esclavos.
Con los ladrillos, canjeemos por chapas, cemento, materiales.
El trabajo dignifica, pero solo si da para vivir.
L. La pasión en el trabajo
Hay gente encerrada en puestos que odia, haciendo tareas que no siente.
Eso pudre el alma.
Reorganicen el personal municipal:
que cada uno haga lo que ama, no lo que le toca.
Un buen cocinero no debería estar cobrando boletas.
Y el que ama los papeles, no debería estar en una cocina.
La burocracia mata la pasión.
La pasión salva ciudades.
M. Basura: el monumento a la mediocridad
El basural de Nogoyá es una herida abierta.
Ratas, pestes, gente revolviendo bolsas mientras otros veranean en Punta del Este.
¿No lo ven? ¿No les da vergüenza?
Hace más de veinte años presenté el proyecto de reciclaje.
Sigue durmiendo en un cajón.
Es hora de reactivarlo: separar en origen, crear empleos dignos, transformar basura en sustento.
La ciudad gris es reflejo de almas grises.
Limpien eso, y se limpia todo.
N. Tierra, laguna y contención
Con la tierra que se saca entre los puentes, podemos hacer dos cosas a la vez:
levantar un terraplén contra las inundaciones y formar una laguna de pesca y recreación.
Trabajo, ecología y turismo, todo junto.
Pero para eso hay que dejar de hablar y empezar a cavar.
O. Las piletas de Pepillo
Proyecto de mi viejo, Pepillo Verón.
Soñó tres piletas junto al arroyo, con agua limpia, cascadas, color, asadores y alegría.
Yo agregaría cabañas, luces, caminos, vida.
Imaginen llegar a Nogoyá y ver eso.
Un lugar donde la gente quiera quedarse.
Eso también es progreso.
P. La laguna de pesca
Esa laguna, alimentada por el arroyo, puede ser una fuente de vida y turismo.
Pesca controlada, naturaleza, descanso.
El que pesca cuida.
Y el que cuida, ama.
Q. Cabañas y trabajo local
Las cabañas pueden hacerse acá mismo, con carpinteros y aserraderos de la zona.
Que sean símbolo de identidad.
Un convenio entre el municipio y emprendedores.
Trabajo local, belleza local.
R. Recorrido religioso
Otro sueño familiar.
Una Virgen del Carmen gigantesca, iluminada, a la entrada de la ciudad.
Un recorrido espiritual entre la Basílica, el convento, la Cruz del Milenio.
Fe, turismo, cultura.
Una ciudad que honra su alma, no la esconde.
S. Parque Botánico de Lo Rego
El campo Mendizábal guarda árboles de más de 100 años.
Esa riqueza natural hay que preservarla ya.
Parque botánico, aves rescatadas, bicisendas, senderos, educación ambiental.
La naturaleza no pide permiso: solo respeto.
T. Campo San Miguel
Restaurar, no olvidar.
Convenios entre Estado y privados para recuperar instalaciones y devolverlas al pueblo.
Donde haya abandono, que florezca algo.
U. Luz en cada casa
La luz da seguridad y belleza.
El municipio debería regalar lámparas de bajo consumo e instalarlas gratis.
Nadie debería vivir a oscuras, ni afuera ni adentro.
V. Guarderías del amor
Guarderías públicas abiertas las 24 horas.
Atendidas por personas mayores y jóvenes de 5º año.
Un espacio donde los niños reciban cuidado, y los mayores, sentido.
Porque hay mucha gente queriendo dar amor, y no tiene dónde.
W. Veredas hasta el último vecino
El que alguna vez fue a la escuela con los pies embarrados sabe de qué hablo.
Calles firmes, veredas dignas, orden.
El camino firme ordena el alma.
X. Endeudar para crecer
Si van a endeudarse, háganlo por algo que valga la pena.
Compren máquinas, cambien la ciudad.
Un crédito bien usado no es deuda: es inversión en dignidad.
Y. Pan y trabajo
Panaderías industriales municipales.
Comida accesible, empleo digno.
Que el pan vuelva a oler a casa.
Z. Basta de caretas
Dejen de fingir.
La hipocresía está matando la ciudad más rápido que la pobreza.
La gente no necesita discursos, necesita gestos.
AA. Crédito a las ideas
Una línea de crédito rápida para quienes tengan proyectos reales.
Si el Estado no confía en su gente, ¿quién va a hacerlo?
Inviertan en sueños, no en autos oficiales.
BB. Alimento y abrigo para todos
Comida y refugio también para los animales.
Una ciudad que cuida a sus perros y gatos es una ciudad que ya entendió de amor.
CC. Fábricas y valor agregado
Desarrollar fábricas de conservas, ranchos de morrones, pequeños emprendimientos locales.
Producción, trabajo y orgullo.
Lo nuestro, hecho por nosotros.
DD. Transparencia total
Un sistema online donde cualquiera pueda ver, minuto a minuto, cómo entra y sale el dinero municipal.
Sin excusas, sin secretos.
El que administra dinero del pueblo debe hacerlo bajo la luz.
EE. Estado amigo, no patrón
El Estado debe financiar proyectos que generen trabajo y bienestar.
Apoyar, guiar, no trabar.
Ayudar a que la gente produzca, no a que dependa.
Porque el verdadero orden nace del trabajo, no del miedo.
FF. Cultura de amor y responsabilidad
Nada cambia si no cambia el corazón.
Este manifiesto no es político, es espiritual.
Habla de recuperar el sentido de comunidad, de respeto, de pertenencia.
De volver a mirarnos y decir: “Esto es nuestro, y vale la pena cuidarlo.”
La llama que no se apaga
Me voy, sí.
Pero no me rindo.
Me voy porque necesito aire, porque ya no puedo respirar entre tanto humo de indiferencia.
Pero me voy con el corazón encendido.
Porque esta ciudad, aunque esté dormida, sigue viva en mí.
Escribí esto como quien deja una carta bajo la puerta.
Una carta para los que vengan después.
Para los que todavía crean que se puede.
Para los que no soportan ver a la gente triste, al pueblo gris, a los sueños rotos.
Quiero que sepan algo:
yo no escribí desde la política, escribí desde el alma.
Desde la esquina donde los gurises jugaban, desde el asado que juntaba a los vecinos, desde el barro, desde el amor.
Desde el corazón de un tipo que no aguantó más ver tanto silencio cómplice.
La herencia invisible
A veces pienso en mi viejo, Pepillo Verón, y entiendo todo.
Él no necesitó títulos ni poder.
Solo necesitaba ver a su familia unida, al barrio alegre, a los amigos cerca.
Su manera de gobernar era el amor.
Su política era el locro del primero de mayo, el abrazo, la risa, la palabra justa.
Y pienso…
Si él pudo hacer tanto desde su casa, ¿cómo puede ser que los que manejan una ciudad no hagan nada desde un despacho?
La respuesta es simple y triste: porque se olvidaron de amar.
Y cuando el amor se pierde, el poder se vuelve ciego.
La ciudad y el alma
Esta ciudad no necesita más cemento, necesita corazón.
Necesita volver a ser esa Nogoyá donde todos conocían a todos,
donde las veredas olían a pan, donde el que tenía un poco más ayudaba al que no tenía nada.
Hoy, en cambio, las calles huelen a abandono.
Pero no todo está perdido.
Mientras haya alguien que se indigne, que escriba, que sueñe, la ciudad todavía respira.
Yo sé que muchos van a leer esto y pensarán que exagero.
Que soy un loco, un sentimental, un tipo que se fue porque no supo adaptarse.
Tal vez tengan razón.
Pero prefiero ser un loco con conciencia que un cuerdo indiferente.
Mi conciencia está tranquila
Presenté ideas, propuse soluciones, di mi tiempo y mi palabra.
No me guardé nada.
Y cuando entendí que la sordera era más grande que mis ganas, escribí.
Porque escribir también es una forma de resistir.
No sé si este libro cambiará algo.
Pero sé que si un solo lector siente lo que yo sentí,
si un solo vecino decide pintar su pared, barrer su vereda o ayudar a otro,
entonces valió la pena.
El futuro
Algún día, cuando el ruido se apague y la gente vuelva a escucharse,
estas páginas van a tener sentido.
Porque este no es un libro de quejas:
es un manual de esperanza.
Quiero que los que lean esto sepan que sí se puede cambiar una ciudad.
No hace falta dinero, ni crédito, ni milagros.
Hace falta volver a sentir.
Y si un día alguien, en un cargo, siente lo que yo sentí aquella noche gris,
entonces todo esto habrá tenido sentido.
Porque lo escribí por ellos, por vos, por mí, por todos los que alguna vez creímos que amar un lugar era suficiente razón para pelear por él.
Cierre
Así que me voy, sí.
Pero no me callo.
Porque mientras haya injusticia, abandono, indiferencia,
seguiré gritando con las palabras.
Me voy, pero dejo esto:
un mapa hecho de sueños,
una lista escrita con rabia y ternura,
una promesa al aire.
Si algún día alguien pregunta quién fue Fidel Ernesto Verón,
quiero que digan:
“Fue el tipo que amó tanto su ciudad, que prefirió escribirle un manifiesto antes que abandonarla por dentro.”
Y si ese día llega,
si alguien recuerda estas palabras,
que encienda una luz en su vereda,
pinte su muro, abrace a su vecino,
y entienda que el amor también es una forma de gobernar.


