Feliz día del trabajador. Feliz?
“”
Fidel Ernesto Verón
Introducción
Escribí este texto un primero de mayo, el Día del Trabajador.
No fue un día cualquiera.
Fue el primero que pasé sin mi padre —Pepillo—, ese hombre que convertía cada reunión familiar en una celebración del amor, del trabajo y de la simple alegría de estar vivos.
Ese día, mientras el cielo estaba gris y el locro humeaba como siempre, algo era distinto: el silencio.
Faltaba su voz, su risa, su presencia.
Y también faltaban muchos de los que antes llenaban la casa, los mismos que alguna vez dijeron que siempre estarían.
No estaban. Ni siquiera un mensaje tibio, ni una mano que se acercara.
Entonces escribí.
Escribí como quien grita en un pozo esperando que el eco despierte a alguien.
No fue una carta de nostalgia, sino de verdad.
Una manera de decir: “Esto que éramos, lo estamos perdiendo.”
En cada palabra hay una pregunta sin respuesta, una búsqueda, un reclamo, y también
una esperanza.
Porque entre la tristeza y la bronca, entre el duelo y la soledad, sigue latiendo la enseñanza más grande que me dejó mi viejo:
no dejar que el amor se apague, ni siquiera cuando todo parece oscuro.
Feliz día del trabajador… ¿Feliz?
No puedo evitar recordar los anteriores días del trabajador que viví en mi hogar, en mi pueblo y en toda una vida. Este día, en mi caso y la vida que me ha tocado vivir, no solo era un día conmemorativo por pertenecer —como así también todos los asistentes— a la clase que REALMENTE es trabajadora.
Yo no nací hijo de alguien donde el dinero no viniera de manos que habían trabajado para conseguir esos hermosos locros que, en su gran mayoría, se hacían en monstruosas y casi nunca vistas ollas. Tuvieron que pasar muchos años y las vueltas de esta vida, y terminar en ambientes gastronómicos, para recién ahí volver a ver ollas de semejante tamaño. Cuando era chico, niño, nunca lo probé pero estaba seguro de entrar completamente adentro de ellas.
Eran días casi siempre grises como el de hoy, pero la alegría reinante hacía que brillara algo muchísimo más fuerte que el sol; ahí no lo sabía aún, pero eso era EL AMOR.
Era tan lindo vivir esos momentos. Mi infancia está repleta de momentos de muchísima gracia: despertabas y ya era otra cosa. Y eso que recién ahí empezabas. Cuando veías el despliegue de personas que empezaba a llegar, recién ahí entendías —o más o menos entendías— a qué se referían las historias de las mesas de mediodías anteriores donde aparecían frases como: «No conseguí cuerito todavía…» «Fui acá, allá…» «¿Ya le avisaron a fulano o mengano?» y cosas de vital importancia como ser la leña y, máximo aún, la bebida.
Impensable estas reuniones sin grandísimas cantidades y variedad de bebida. Había mucho, no por ser una reunión para emborracharse —porque de hecho son contadas con los dedos de una mano las veces que vi algo relacionado al exceso—, sino porque eran varias familias y cada una traía lo suyo para darle a todos los asistentes. Hoy es muy común escuchar «festejo mi cumple, traigan la bebida»; en estas épocas y en mi casa, NO. Mi viejo querido y hoy muy llorado Pepillo Verón les decía: «¡Este primero en casa!» Y nada más. Vos solo debías venir… y no recuerdo alguien que dijera que iba a venir y luego no lo hizo; no por obligación, sino porque eran los momentos donde veías valorada la relación familiar. Podías brindar «en familia» entre amigos que realmente eran amigos, gente que cuando necesitaban una mano ahí estaba.
Yo fui criado en un hogar donde, como después lo entendí, las buenas acciones y el espacio en el corazón eran algo que no se negociaba. No se podía dejar a alguien sufriendo pudiendo hacer lo que estuviera al alcance de su mano y de su corazón para solucionárselo. Ojalá todo el mundo hubiera vivido estos momentos y ojalá así les hubiera pasado para no estar hoy en un círculo donde se perdieron todas esas cosas: el verdadero sentido de un abrazo de amigo, un saludo, un chascarrillo entre familia… ¡Familia! ¿Qué pasó con la familia?
Qué lástima da hoy pertenecer al otro grupo, al que hoy entiendo que no va a entender las palabras y las anécdotas anteriores porque no las vivieron. Da mucha pena sentirse vacío.
Nunca entendí la muerte. Nunca la podés entender cuando la muerte va a llegar a las personas que son los exponentes de justamente lo contrario: la gente linda que se muere no merecería morirse. Habiendo tantísimo hijo de su buena madre suelto, vienen a morir justamente estos.
Yo los llamo guías. Son personas que el paso por nuestras vidas tiene y tuvo un propósito que hoy es nuestro: ellos pasaron a educarnos, a iluminar la oscuridad, a dejar un camino, una herencia, una obra. En nosotros, en sus familias y sus amigos vivirán como leyendas. Se perpetuarán en el tiempo. Eso es lo que yo creo. Así entiendo que funciona la vida. No digo que sea la verdad, solo digo que así lo tengo incorporado, debidamente analizado y confrontado durante toda una vida.
No necesaria y lamentablemente es lo que sucede. O que lo que intentaron hacer haya sido efectivo. Debo decir que no. No. Su obra no quedó bien. No todos los asistentes hoy se mantienen. Ni siquiera están en un puto, frío y mentiroso mensaje evasivo de WhatsApp. Ni eso.
Nace la pregunta… ¿Qué pasó? ¿Tan débiles eran los lazos que antes parecían tan fuertes? ¿Tan vacíos estamos hoy? Y la pregunta lógica… ¿ERA MENTIRA TODO ESE AFECTO?
Creo… quiero creer, tal vez para preservar mi psiquis, que no. Esos afectos eran unidireccionales: eran hacia una o dos personas de esos grupos, a esas luces que brillaban, y al no estar hoy ese direccionamiento no encuentra puerto en destino.
¡Qué gran lástima!
Da la sensación de un armado maquiavélico que desune a las familias: el sistema, la plata, los duelos… Por favor… qué tema tan poco explicado y hablado: el duelo. Nadie te dice qué vas a tener que hacer o cómo hacerlo, porque es individual, son todos diferentes, aunque en su gran mayoría respetan ciertos parámetros comunes: el enojo con todo, con todos, o con alguien en especial. Con alguien hay que agarrársela, alguien tiene que pagar, debe haber uno o varios culpables, así nuestro dolor recibe un cable a tierra.
Lástima que en ciertos procesos, el duelo por ejemplo, no hayamos sido educados de otra manera. Lástima que vivamos en una cultura que te dice que te muevas como si la vida fuera eterna y nunca se va a terminar. Qué loco este armado que te cuenta de una súper vida pero mientras la buscas se te pasa eso: LA VIDA.
Lástima que mientras nos enseñaban a amarlos no nos hubieran enseñado a cómo proceder el día que no estuvieran. Lástima que hayan sido tan básicos en pasar sus enseñanzas que las centralizaron sobre ellos mismos y no en la magia que reunía a tantas almas. Lástima que no hayan enseñado bien. Lástima que dejaran las cosas a medio hacer.
Supongo que los traicionó el ego.
Una luz no quiere ser apagada, pero solo si esa luz está tomada por el ego. Si la luz sabe que su única y altísima función era solo brillar, no está pendiente de lo que ocasione ese brillo.
Brindo hoy en un escenario totalmente opuesto por los despertares. Brindo porque hoy mis palabras lleguen a algún lado que consigan hacerlo reír si les cuento que un día, en una de esas enormes ollas, un primito chico corriendo jugando a las escondidas metió la pata —el pie, mejor dicho— entero. Que rían de imaginar lo que pasaba cuando éramos tantos que no entrábamos adentro de la casa y afuera empezaba a llover; que coman los gurises primero se escuchaba, y después comemos tranquilos. Qué grandes dudas de qué lado de los comensales estaba en una época: ¿eras niño o ya comías con los grandes? Y nunca hubo ningún tipo de atropello o discriminación; todo se medía con la vara de que era lo correcto. Solo eso. «Que coman los gurises, y servite otra mientras esperamos». Sobraba la comida, créanme que había para darle al doble de los asistentes. Todo se compartía. Aunque mi viejo compraba todo. Jamás escuché un «a la canasta». En vida de mi viejo jamás. Él era todo para todos y en épocas difíciles le decía a mi vieja Juana querida: «Bueno, ¿cómo no nos vamos a dar un gustito? Mañana va a caer alguno (al negocio, un trabajo para hacer)». Y se gastaban todo o lo poco que tenían.
Para mi viejo no existía otra cosa más importante que tenernos a toda la familia unida. Los dos bandos, como él le llamaba.
Vengo de una familia donde mi padre tuvo dos mujeres y dos tandas de hijos, digamos. Él nos educó a que todos éramos hermanos. Lástima que algunas de mis hermanas de la primera tanda pasaran tanto tiempo para aceptar que su padre, aparte de ser su padre, era una persona con identidad propia y había tomado decisiones que por ahí a ellas no les agradara, como tener otra familia. Pero bueno… digo una lástima porque se perdieron de toda esa magia ahí reinante por estar esclavas del odio y la no aceptación de ciertas cosas que nos trae la vida. A todos.
La vieja excusa de creer que el mundo conspira y nos hace cosas malas, NO. La vida no hace nada de eso. Eso ES la vida. La vida es algo que tiene sus cosas buenas y sus desafíos, a veces considerados malos, pero solo porque son el opuesto a lo que nos hace bien.
¿Cuánto tiempo deberá pasar para que la gente entienda que los desafíos a los que somos sometidos tienen como única finalidad fortalecernos, a ser mejores, aprender a mirar con el corazón, sabiendo que cada minuto puede ser el último, que NO tal vez NO haya tiempo extra y tal vez jamás vuelvas a vivir momentos de extrema magia como los que vengo describiendo?
¿Hasta cuándo seguiremos creyéndonos que vinimos a este mundo a mejorarnos, para eso nos pusieron a estas personas que se van? ¡Pero no miramos lo que nos queda! Lo que pasa a cada instante y que tiene tanto amor, tanta cosa linda, tanto de color, de sentimientos.
¿Qué hay más frío que el dinero? ¿Qué importa más? ¿Cuánto dinero o posición social o cargo político o empresas debo tener para cambiarlas por un último locro del primero de mayo con mi viejo?
No existe. Sé firmemente que no existe. Lo averigüé y sería capaz de monstruosidades de cosas para obtener el dinero que fuera necesario, pero no fui educado así y no hay forma.
¿Qué me queda? Eso. La luz. La luz de ellos en mí.
Yo veo la luz en las personas. Veo todo de ellas. Veo y, aunque no quiero, también veo la otra parte de ellas.
Brindo por haberlas tenido a mi lado. Y a vos…
Te invito no solo a recordar, no solo a valorar, no solo a perdonar, no solo a entender, no solo a sincerarte, no solo a confesar tu dolor, no solo a renunciar, no solo a despedir, no solo a soltar, no solo a llorar.
¡Te invito A VIVIR!
Brindo por haber vivido estos momentos y plenamente seguro que la vida traerá muchos recuerdos más de estos y un día… MORIR.
Sabiendo que un día morirán, vivan la vida y conviértanse en LUZ, sean guías, unan los clanes, saquen lo mejor de ustedes que ESO es la vida.
Para eso vinimos. Para iluminar y que nos iluminen, valoren lo que la vida nos da a cada instante, y entre tanto despertar… ¡sean plenamente felices!
Aún en la adversidad hay luz, solo hay que saber verla. Y TODOS PODEMOS VERLA… SI MIRAMOS CON EL CORAZÓN.
Atte. Salute Fidel Ernesto Verón Nogoyá, Entre Ríos, en un día muy gris… ¡pero que pretendo ILUMINAR!


